En los orígenes de la construcción de la identidad como país, los actos escolares tuvieron una función constructora de la nacionalidad, es decir, se valoraba a los símbolos patrios y a los próceres como modelos de heroicidad y solidez moral para la confirmación de lo que hoy llamamos “la argentinidad”. El acto escolar era, dentro de las actividades áulicas, un acontecimiento que permitía a los docentes poner en juego de manera interdisciplinaria las diversas ramas del saber como historia, geografía, practicas del lenguaje, etc.
Hoy en día, la escuela conserva la tarea de enseñar y transmitir el amor por la patria para que las futuras generaciones aprendan de su historia, sobre todo, para crecer como ciudadanos comprometidos con el prójimo desde el lugar que les toque desempeñar.
Conocer nuestra historia nos impulsa a ser capaces de construir una nación cuya identidad sea el compromiso por el bien común. Es allí donde reside el sentido de los actos escolares.
En síntesis, los actos escolares nos ayudan a entender el pasado para repensar nuestro presente y proyectarnos al futuro, permitiendo reflexionar sobre los valores que hicieron grande a nuestra nación: libertad, justicia, igualdad, solidaridad, tolerancia y cooperación.
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